Humberto y las mujeres fueron arrestados. Mientras los oficiales los escoltaban fuera del restaurante, los gritos de las mujeres resonaban en el aire como un eco desesperado.
Humberto, con el rostro desencajado, suplicaba una y otra vez su inocencia, aferrándose a la posibilidad de que su teatro de víctima lograra conmover a alguien. Pero nadie lo escuchó.
La patrulla los esperaba con las puertas abiertas, listas para tragárselos y llevarlos a la comisaría.
La madre de Briana comprendió que era