Giancarlo y Roma regresaron a casa cuando el sol ya casi se había ocultado en el horizonte.
El viento nocturno soplaba con una calma inquietante, y el eco de sus pasos resonaba en el amplio recibidor de la mansión. Roma se deshizo del abrigo con un suspiro cansado.
—¿Cómo está Tory? —preguntó—. ¿Ya cenó?
La empleada que la recibió en la entrada bajó la mirada, su expresión denotaba incomodidad.
—Señora… la niña no ha vuelto de la escuela.
Un silencio denso se instaló en la habitación.
Roma y Gia