Cuando Roma abrió los ojos y se dio cuenta de que Giancarlo no estaba a su lado, un pánico helado se apoderó de su pecho.
Sintió el vacío de su ausencia, una sensación angustiante que la hizo dar vueltas por la habitación en busca de su presencia.
El reloj marcaba que faltaba poco para el amanecer. Con un nudo en la garganta, salió al balcón, el aire frío de la madrugada le acarició la piel, pero no pudo calmar el torbellino de emociones que la invadía.
«¿No cumplirás esta promesa, Giancarlo? Te