—¡Aléjate, Alonzo! —gritó Roma con furia, su voz vibrando en la tienda como un trueno.
Antes de que Alonzo pudiera reaccionar, varios guardias irrumpieron en la habitación.
Uno de ellos lo empujó bruscamente lejos de Roma, haciéndolo tropezar y chocar con una de las vitrinas.
El vidrio vibró con el impacto, pero él apenas pareció notarlo.
—¿Qué demonios creen que están haciendo? —rugió Alonzo, con los ojos encendidos de furia.
Los guardias no respondieron. Solo levantaron sus armas y lo apuntaro