Alonzo Wang sentía que el mundo se le venía abajo.
No importó cuántas recorrió, a cuántas personas preguntó, ni cuántas veces gritó su nombre en la noche.
Roma simplemente había desaparecido.
Se había esfumado de su vida como un fantasma, como si su existencia junto a él nunca hubiera sido más que un sueño efímero.
Regresó a casa casi al amanecer, con el rostro desencajado por la frustración y el dolor.
Pero al cruzar la puerta, su cansancio se evaporó de inmediato.
Allí, sentada en el sofá del