Roma sintió cómo el impacto de su golpe en la entrepierna de Alonzo lo hacía desplomarse de rodillas, jadeando de dolor.
La expresión de su rostro se contrajo en una mueca de agonía, mientras un gemido ahogado escapaba de sus labios.
Ella se puso de pie rápidamente, con la respiración entrecortada, su pecho subiendo y bajando por la adrenalina.
Su mirada era fiera, determinada, cargada de un odio que ardía con la intensidad de una llama incontrolable.
—¡Alonzo, nunca te voy a perdonar! —le escup