Roma y Giancarlo llegaron al cementerio bajo un cielo gris y opresivo.
El viento helado agitaba las hojas secas a su alrededor, como susurros de un pasado que ya no volvería.
Frente a la tumba abierta, el ataúd de Kristal esperaba descender a la tierra, un símbolo de un destino trágico que nadie había intentado evitar.
El lugar estaba vacío.
No había familiares, ni amigos, ni siquiera algún conocido.
Roma había intentado contactar a los padres de Kristal, pero ellos, desde su lejano pueblo, se n