Carla y Carmen entraron rápidamente a la casa, el aire pesado de la tensión que envolvía cada palabra.
—¡Sube ahora mismo, Carla! —ordenó Carmen, su voz fría y dura, como una condena inapelable.
—Pero, mamá, tengo miedo… ¿Y si Giancarlo me rechaza? Sabes que él es muy peligroso —las palabras salieron de sus labios, pero el temor que las acompañaba era evidente, el nudo en su garganta casi lo ahogaba.
Carmen la miró con ojos penetrantes, con la expresión endurecida por años de lucha, de sacrifici