Cuando Roma y Giancarlo terminaron de acostar a los niños, el aire de la noche parecía suspenderse en un latido compartido.
Giancarlo la tomó en sus brazos, sintiendo el peso delicado de su cuerpo, y la llevó hasta la habitación como si fuera lo más precioso del mundo.
Su respiración estaba agitada, casi como si el tiempo hubiera comenzado a ralentizarse al tocarla.
La depositó suavemente en la cama, y por un instante, ambos se quedaron en silencio, sus miradas fusionadas en una conexión tan int