—¡Fui un maldito idiota…! —Alonzo murmuró con la voz rota, temblorosa, como si su mundo entero se estuviera desmoronando—. ¡Fui engañado, Roma! Esa mujer me mintió, nos tendió una cruel trampa.
Su pecho subía y bajaba con respiraciones agitadas, y en su mirada desesperada se reflejaba un dolor que ni siquiera él podía comprender del todo.
Pero Roma no sintió compasión. No está vez.
El silencio se extendió entre ellos como un abismo imposible de cruzar.
Un silencio pesado, hiriente, más filoso qu