Giancarlo llegó a casa cuando recibió la llamada.
—¡Señor! No encontramos a su prometida por ningún lado.
—¡Encuéntrenla! —rugió con furia, agarrando las llaves y saliendo de inmediato.
La ira le quemaba el pecho.
¿Hasta cuándo iba a ocurrir esto?
Su corazón latía con desesperación mientras su mente formulaba los peores escenarios.
Justo cuando iba a llamar nuevamente a sus hombres, su teléfono sonó de nuevo.
—La encontramos, señor.
—¿Dónde? —preguntó, con un escalofrío recorriendo su espalda.
—