Mateo besó a Beth con ternura, como si ese gesto fuera lo único que pudiera salvarla.
—Por favor, no te mueras, te lo prohíbo. Te quiero a mi lado, siempre a mi lado, Beth... No puedo vivir sin ti. —susurró, su voz quebrada por la angustia.
Ella, agotada por el dolor y la fiebre, cerró los ojos lentamente, incapaz de responder, y cayó en un sueño profundo.
Mateo, al ver su rostro sereno, pero pálido, sintió un nudo en la garganta.
A pesar de su esfuerzo por ser fuerte, las lágrimas comenzaron a