La recepción de bodas había terminado. Los invitados se marchaban poco a poco, dejando tras de sí un eco de risas y buenos deseos.
La noche avanzaba, y el aire aún conservaba la calidez de la celebración.
Roma y Giancarlo se agacharon para despedirse de los niños.
—Pequeños, pórtense muy bien con tía Corina —dijo Roma con dulzura, acariciando el cabello de sus hijos—. Papá y mamá volverán en unos días.
Mateo frunció el ceño, con esa expresión de niño que tramaba algo.
—Pero, mami, cuando estén d