Andrea estaba fuera de sí.
La furia la consumía, y las lágrimas de rabia caían sin cesar por su rostro, como un torrente imparable.
La impotencia de la situación le quemaba el pecho. Cada músculo de su cuerpo temblaba de la furia contenida. El dolor de la traición se unía a la rabia, formando una mezcla devastadora. No podía creer lo que sucedía.
Los secuestradores empezaron a desatarle las manos y los pies, quitándole la cinta de la boca, pero ella no dijo nada. Solo los miró con odio en los oj