Días después
Giancarlo ajustó los puños de su camisa mientras caminaba por los pasillos de la empresa Wang.
Sus pasos eran firmes, resonando como un martillo en el mármol.
Cuando Alonzo Wang entró en la sala de juntas, lo hizo con una sonrisa en la cara, pero había tensión detrás de sus ojos.
—Señor Savelli, un placer tenerlo aquí —dijo Alonzo, con un tono que trataba de ocultar el recelo.
Giancarlo no respondió de inmediato.
Lo observó con un desprecio que no se molestó en disimular.
«Qué medio