Cuando Alonzo recibió la información sobre el cementerio, una furia irracional lo invadió. Golpeó el escritorio de su despacho con tal fuerza que los papeles y una taza de café cayeron al suelo. Su rostro estaba desencajado, y su respiración, pesada.
—¿Quién demonios es tu amante, Roma? —murmuró entre dientes, su voz cargada de veneno mientras apretaba los puños—. Debe ser alguien muy poderoso para haber comprado ese cementerio. ¡Eres una mujerzuela! Pero pagarás caro por esto… —sentenció, dejan