—¡Madre, ahora no! ¡Tengo que irme!
La voz de Mateo resonaba en el pasillo, llena de urgencia y determinación, pero Roma lo detuvo de nuevo, extendiendo la mano con un gesto que, aunque firme, reflejaba una desesperación apenas disimulada.
—¿Para ir a lastimar a la única mujer que te ama?
Las palabras golpearon a Mateo con fuerza, y por un instante, titubeó.
Su mirada se desvió hacia el suelo, la incertidumbre reflejada en sus ojos, pero pronto se enderezó.
Negó con la cabeza, como si esas palab