Cuando Beth abrió los ojos, lo primero que vio fue esa habitación fría y clínica, llena de luces brillantes que lastimaban su visión.
Su mente aún estaba embotada por la tormenta de pensamientos que la acosaban, pero la mirada de él, Mateo, atravesó todo su ser con una intensidad tan penetrante que el miedo la envolvió instantáneamente.
—¡Mateo! —susurró, su voz quebrada por la angustia.
Él no contestó de inmediato.
Sus ojos brillaban con una rabia incontrolable, y Beth sintió como si su piel a