Mateo no podía dejar de caminar de un lado a otro, sus pasos rápidos y descontrolados resonaban en el suelo de mármol de su pent-house.
El dolor lo atravesaba con cada latido de su corazón, una rabia ciega que lo quemaba por dentro, que lo arrastraba en un torbellino de desesperación y angustia. Su mente estaba llena de recuerdos, pero ninguno tan punzante como el de aquella noche.
Lanzó el florero al suelo, su cristal estalló en mil pedazos.
Las lámparas cayeron con estruendo, las fotos que tan