—¡No importa, cariño! Incluso si lo hiciste, te voy a defender. ¡Nadie te hará daño otra vez, ni siquiera yo! —exclamó Alonzo con una firmeza que sorprendió a todos.
Roma lo miró como si hubiese perdido la razón.
—¡Yo no le hice daño a la loca de Kristal! —gritó, exasperada—. ¡Ella misma se lanzó al auto!
—¡Mentirosa! Eso es imposible —insistió Eugenia, con la furia pintada en sus arrugas.
Roma apretó los puños. ¿Cómo era posible que todavía la acusaran?
Kristal había elegido su propio destino.