Roma sonrió al ver a Giancarlo entrar en la habitación.
Su sola presencia llenaba el aire de una calidez que contrastaba con los nervios que sentía en el pecho.
—¿Estás lista, cariño? —preguntó él con suavidad, observándola con ternura.
Ella asintió con una pequeña sonrisa.
—Bueno —dijo Giancarlo, mirando la hora en su reloj de pulsera—. Debo ir al hotel a cambiarme y esperar por verte en el altar. Pero, por favor, no llegues tarde… te amo.
Se acercó y besó su frente con reverencia, luego sus la