Fernanda se sentía atrapada en un torbellino de emociones.
La desesperación, la furia y la tristeza se entrelazaban en su pecho, impidiéndole disfrutar plenamente del nacimiento de sus hijas. Debería estar viviendo uno de los momentos más felices de su vida, pero la sombra de un hombre perturbado ensuciaba su dicha.
Roma, con su calidez inquebrantable, la envolvió en un abrazo protector.
—Llora, hija. Te prometo que esto va a arreglarse.
Las palabras de Roma calaron hondo en Fernanda. Sentir su