Dos meses después.
El día del bautizo de los bebés había llegado. Roma apenas podía contener la emoción. La iglesia estaba decorada con flores blancas, y la luz de las velas añadía un aire solemne a la ceremonia.
Cuando el sacerdote derramó el agua bendita sobre las cabezas de los pequeños, Roma sintió que su corazón se llenaba de amor y gratitud.
—Adriana, Ariadna y Benjamín —susurró Giancarlo, observando a los bebés dormidos en sus cunas después de la ceremonia.
Roma miró sus diminutos rostros