Alonzo rasgó el sobre con furia contenida.
Kristal sintió que su mundo se desmoronaba.
El terror la paralizó.
—¡Alonzo, por favor, no lo leas! —suplicó, su voz temblorosa, su corazón palpitando con fuerza en el pecho.
Pero era demasiado tarde.
Sus dedos apretaban el papel con desesperación mientras él devoraba cada palabra con la mirada.
Entonces, su rostro cambió.
Se oscureció de una manera que jamás había visto. Su mandíbula se tensó, sus ojos se volvieron dos pozos de rabia pura.
—¡Mentiros