Al día siguiente
Cuando Roma despertó, sintió la calidez del sol filtrándose por las cortinas.
La luz dorada acariciaba su piel, pero lo que realmente la despertó fue la intensa mirada que la observaba con devoción.
Abrió los ojos lentamente y encontró a Giancarlo inclinado sobre ella, su rostro sereno, pero con esa chispa de intensidad en la mirada.
—¿Qué tanto me ves? —preguntó con una sonrisa somnolienta.
Giancarlo le acarició una mejilla con la yema de los dedos, como si estuviera tocando al