Alonzo Wang caminaba por los pasillos del hospital con pasos pesados, sintiendo cómo cada fibra de su ser se tensaba con cada paso.
Su rostro era una máscara de indiferencia, pero su mente era un torbellino.
Cuando llegó frente a la sala de incubadoras, se detuvo. Su mirada se clavó en la diminuta figura que yacía dentro de la cápsula de cristal.
Ahí estaba el bebé.
Tan pequeño. Tan frágil. Tan amoratado que parecía más un ser a medio formar que un niño con una vida por delante.
Se quedó inmóvil