Al día siguiente.
Roma caminaba lentamente entre las lápidas, su respiración pesada y sus ojos hinchados de tanto llorar.
El aire frío del cementerio parecía atravesarle el alma, pero nada era comparable al dolor que sentía en ese momento.
Frente a ella, un grupo de hombres preparaba todo para exhumar los restos de su hijo, Benjamín.
Ver aquellas herramientas y cómo removían la tierra sobre la tumba que había visitado tantas veces era como arrancarle el corazón con las manos.
«Lo siento, Benjamí