46. Las destrezas inusuales de la joven Reina
El silencio se cernió sobre ellos como una pesada niebla. Valdimir, con un gesto casi imperceptible de tensión en su hocico, se giró bruscamente. Sus ojos, dos orbes de color dispar, brillaron con una mezcla de irritación y algo más indefinible. Sin pronunciar palabra, reanudó su marcha con un andar firme y decidido, como si los eventos recientes se hubieran desvanecido en el aire.
Aelina lo siguió, sintiendo como su corazón aun latía con fuerza en su pecho. Jamás se habría atrevido a acercarse