Serena empujó la puerta del sótano con sumo cuidado.
El ambiente, como siempre, rezumaba una elegancia discreta y lujosa.
Las lámparas de cristal proyectaban destellos suaves, como si toda la estancia estuviera sumida en un sueño brillante.
Si no fuera por la gran cantidad de botellas vacías esparcidas sobre la mesa, Serena habría pensado que aquella escena era casi poética.
Se acercó y tomó una botella al azar.
—Oh, Dios...
Era un Romanée-Conti del año en que ella había nacido.
Una sola copa e