Era de noche.
Esteban estaba de pie junto a la ventana panorámica, observando las luces de la ciudad que parpadeaban en la oscuridad.
Ted entró en silencio en la habitación, llevando un vaso de agua y unas pastillas en una bandeja.
—Señor Esteban, debería descansar ya —le recordó con tono sereno.
Esteban siempre había tenido problemas para dormir. De hecho, sus problemas iban mucho más allá del insomnio.
Ted lo sabía perfectamente. Después de tantos años a su lado, había presenciado todos los altibajos en la familia Ruiz. Conocía demasiado bien la oscuridad que se escondía tras las apariencias.
Pero ante los demás, Esteban mantenía siempre una imagen impecable. Elegante, educado, dueño de un porte sereno y modales refinados. Para los que no lo conocían, era un magnate frío e implacable en los negocios. Para los que sí, parecía un caballero intachable, digno de admiración.
Sin embargo, el mundo de Esteban era un desierto. Un lugar tan vacío y silencioso que nadie más lograba alcanzarlo