A la mañana siguiente, Serena despertó completamente descansada. Se sentía fresca, con la mente despejada y el cuerpo ligero. Lo único que quería era rodar un rato más en la cama.
Con los ojos cerrados, intentó darse la vuelta.
Nada. No pudo moverse.
Abrió los ojos lentamente...
Lo primero que vio fue la mandíbula bien definida de un hombre. La línea que iba de su mentón al cuello era firme, limpia y muy sensual. La nuez se le marcaba de forma evidente, y tenía más magnetismo que muchos modelos masculinos de revista que Serena solía ojear.
Recordó que, durante un rodaje, un director le había dicho que los actores de cine necesitaban tener una estructura ósea fuerte, más allá de un rostro bonito. Solo así la cámara captaba verdaderas historias.
Y Esteban no solo tenía un rostro impecable, sino una estructura ósea tan perfecta que parecía tallado a mano. Su nariz recta era como una montaña, los ojos profundos, las cejas marcadas... todo en él tenía una elegancia enigmática.
Serena pensó