Esteban la había abrazado con más fuerza, como si quisiera fundir su frágil piel en su pecho. A Serena le dolieron incluso los huesos bajo ese abrazo tan intenso.
Pero ella no lo rechazó; en cambio, esperó pacientemente a que él recuperara la calma.
Tras un largo silencio, Esteban susurró con voz grave:
—No olvides lo que dijiste hoy.
Porque si lo hacía, él se encargaría de que lo recordara, grabándolo en cada fibra de su ser, por todos los medios necesarios.
A simple vista, Esteban parecía ser