Esteban la había abrazado con más fuerza, como si quisiera fundir su frágil piel en su pecho. A Serena le dolieron incluso los huesos bajo ese abrazo tan intenso.
Pero ella no lo rechazó; en cambio, esperó pacientemente a que él recuperara la calma.
Tras un largo silencio, Esteban susurró con voz grave:
—No olvides lo que dijiste hoy.
Porque si lo hacía, él se encargaría de que lo recordara, grabándolo en cada fibra de su ser, por todos los medios necesarios.
A simple vista, Esteban parecía sereno e inofensivo, como el sol reflejado en el mar: cálido, brillante... casi irresistible. Pero quién entraba a esa agua se daba cuenta de lo traicionera que podía ser la marea: tarde o temprano te arrastraba a un abismo helado y sin salida.
Rafael había intentado movilizar a varios parientes para seguir oponiéndose, gritando consignas contra Esteban, jurando no permitir que se llevara las propiedades de la familia Ruiz.
Sin embargo, cuando Esteban apareció, el silencio fue inmediato; ni Rafael