La multitud, que hacía apenas un momento murmuraba y observaba con curiosidad, enmudeció de inmediato al ver llegar a Esteban. Todos se apartaron por sí solos para dejarle paso, sin atreverse a decir una sola palabra.
Serena alzó la vista y miró a Esteban.
Él llevaba unas gafas de sol grandes que ocultaban por completo su expresión. El aire acondicionado del velatorio soplaba con fuerza, y su rostro, ligeramente pálido, mantenía sin embargo la misma frialdad y arrogancia de siempre.
Rafael mostró un leve nerviosismo, pero pronto recorrió a los presentes con la mirada y alzó la voz:
—¡Esteban, al fin apareces! ¿Sabes que lo único que deseaba papá en su lecho de muerte era verte una vez más? ¡Se fue con esa pena!
Algunos de los parientes mayores de la familia Ruiz no pudieron evitar intervenir con cierta lástima:
—Esteban, ya tienes mucho. Deja que tu tío y tu abuela se queden con la casa.
—Exacto, son de la familia. Para ti no representa nada.
—Esteban, los jóvenes deben aprender a per