En la mente de Esteban habían aparecido fragmentos de imágenes dispersas, unas tan reales como irreales, que no lograba distinguir si correspondían a recuerdos o sueños. Lo único que sabía era que, en muchas ocasiones, nadie había osado acercarse a él, y su mundo siempre había estado en soledad.
Frente a él estaba aquella chica de piel nívea, con unos ojos húmedos que no parpadeaban, y su cabello largo y púrpura—aunque parecía una locura—resultaba sorprendentemente hermoso.
Esteban le acarició