Una prostituta.
Sebastián ojeo las hojas que le habían entregado, sintiendo cómo cada página que pasaba entre sus dedos parecía pesar toneladas.
En su rostro serio y tenso, era prácticamente imposible descifrar qué estaba cruzando por sus pensamientos.
Sus ojos, normalmente calculadores y fríos como el hielo ártico, recorrían línea tras línea mientras su mandíbula se tensaba bajo la tenue luz del sol que se filtraba en su oficina.
—Señor, es toda la información que se recopiló de Marina Benavidez duran