Te amaba.
El silencio en el auto de Anderson era ensordecedor, opresivo como una niebla que se filtraba por cada rincón del vehículo.
Parecía un cementerio abandonado, dónde ni las almas hacían ruidos, donde incluso el aire permanecía inmóvil, temeroso de perturbar aquella quietud que se había establecido entre ambos.
El suave ronroneo del motor era lo único que interrumpía aquella atmósfera cargada de tensión y palabras no dichas, de reproches silenciosos que flotaban como fantasmas invisibles, ace