Celos.
Marina escuchó esa voz resonando como un trueno en la quietud del pasillo, y su cuerpo se estremeció como una hoja sacudida por una tempestad, enviando escalofríos por cada centímetro de su piel.
En un movimiento instintivo y casi desesperado, se giró con el corazón latiéndole desbocado contra el pecho. La sangre en sus venas pareció congelarse cuando se encontró de lleno con la mirada penetrante y acusadora de Sebastián. Aquellos ojos fulminantes y oscuros como dos pozos sépticos insondables