Dolor tras la perdida.
Sebastián se acomodó en el sillón dejándose vencer poco a poco por el embriagador sueño.
Sus párpados, pesados como el plomo fundido, cedieron ante el cansancio acumulado.
Se quedó dormido, con la respiración acompasada y los músculos relajados, hasta que un sobresalto repentino e inexplicable, como una corriente eléctrica atravesando su espina dorsal, lo sacó violentamente del abrazo de Morfeo.
Su corazón latía desbocado contra su pecho, como si acabara de correr una maratón, y una sen