Ya crucé la línea.
Isabella sintió los cimientos vibrar bajo sus tacones, como si el edificio entero se tambaleara ante la contundencia de aquella frase. Un escalofrío, invisible pero punzante, le recorrió la espalda y se le instaló en la nuca como como si su propio cuerpo supiera antes que su mente que algo importante estaba ocurriendo.
Había verdad en esas palabras, pero también había un abismo, porque la libertad, esa palabra que tantas veces había pronunciado con valentía, ahora le anudaba el estómago con la