Eva estaba mirando el techo.
No sabía cuántas horas habían pasado desde que había entrado en aquella habitación con María y Lucas. La casa de Hernán estaba en silencio, pero no era un silencio tranquilo. Era uno de esos silencios que obligan a escuchar todo sin pestañear: una puerta cerrándose lejos, un vaso apoyándose sobre una mesa, pasos en el pasillo, la respiración cálida de los niños.
María dormía de costado, con una mano agarrada a la manga de Eva.
Lucas no dormía.
Eva lo sabía aunque