Hernán seguía en la casa de Eva.
No se había ido.
Después de que ella escapó, caminó hasta el baño de visitas y se miró en el espejo con la respiración todavía alterada. La sangre le bajaba por la frente en un hilo fino, hasta perderse cerca de la ceja. No era una herida profunda. No lo suficiente para preocuparlo.
Pero ardía.
No por el golpe.
Por la humillación.
Eva le había pegado.
Eva.
La misma mujer que durante años bajó la voz para no discutir delante de los niños.
La que lo justif