Muy lejos de allí, Sonia ya estaba instalada con su madre.
Sentada en una mecedora, frente a una ventana que daba a un campo amplio y silencioso, sostenía una taza de leche tibia entre las manos. Ella necesitaba estar tranquila y ese doctor se había puesto en su orden del día que a ella no le pasara nada.
La casa pertenecía a Esteban. Una propiedad sencilla, alejada de la ciudad, con paredes claras, cortinas limpias y ese tipo de silencio que al principio la había asustado un poco porque no es