Agustín sostuvo la mano de Hernán Del Valle unos segundos más de lo necesario.
No porque quisiera demostrar fuerza.
No porque necesitara competir con ese hombre.
Sino porque, durante ese apretón, entendió con absoluta claridad al hombre que tenía enfrente.
Hernán Del Valle no estaba saludando.
Estaba marcando territorio.
Su sonrisa era impecable. Su traje, perfecto. Su postura, la de alguien acostumbrado a entrar en una habitación y verla ordenarse a su alrededor. No había nervios en su ro