Emma y Nahuel esperaban afuera cuando el taxi dobló por el camino de entrada de la casa de campo.
No estaban solos. Su abuela había salido con ellos unos minutos antes, secándose las manos en un repasador, después de repetirles que su padre venía con una amiga y con los hijos de esa amiga, que necesitaban tranquilidad, nada de preguntas incómodas y mucho menos comentarios sobre lo que habían escuchado en los últimos días.
—Vienen cansados —les había dicho—. No vienen de visita. Vienen a respir