Comieron despacio.
O al menos lo intentaron.
Las empanadas seguían tibias sobre la mesa, envueltas en servilletas de papel, con dos vasos de agua a medio llenar y los cafés olvidados a un costado. Eva apenas había probado un bocado. Agustín tampoco tenía hambre, pero se obligaba a comer porque sabía que, si ella lo veía hacerlo, tal vez aceptaría otro poco.
No había nada romántico en aquella cena.
No había una mesa preparada para una noche especial.
No había música.
Solo había una ha