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CAPÍTULO 2 La casa donde ya no estaba

Agustín Leone despertó con la cabeza pesada y una sensación incómoda en el pecho, como si algo hubiera quedado mal dentro de él.

Tardó unos segundos en reconocer dónde estaba.Era su living.

El sillón donde había dormido vestido, la manta acomodada sobre él y el silencio absoluto de la casa.

Vanessa no estaba seguía en ese viaje de negocios.

Tampoco los chicos. Eso no era raro. Ella desde su ascenso vive de viaje por trabajo y los hijos solían quedarse con los abuelos cuando coincidían los horarios.

Lo que sí era extraño… era ese vacío en su mente.

Se sentó despacio y se pasó una mano por el rostro.

Le dolía todo y le dolía no recordar.

Buscó el teléfono. Tenía varios mensajes sin leer sobre el trabajo.

Ninguna pista de la noche anterior.Sabia que había ido con su amigo Pablo .

Ni de cómo había llegado hasta su casa.

Le extraño encontrar solo esa tarjeta.

La tomó otra vez, como si esperara que cambiara algo al mirarla de nuevo.

Eva Beltrán.

Psicóloga . Especialista en Terapia de parejas

Frunció el ceño. No recordaba haber hablado con una psicóloga.

Marcó el número de su amigo.

—¿Hola?—contestó la voz dormida, espesa—. ¿Qué pasó ahora?

—Pablo …¿Qué pasó anoche?¿Cómo volví a casa? —preguntó Agustín, sin rodeos.

Hubo un ruido de sábanas.

—¿Anoche?… No sé —murmuró—. Vos estabas bastante tomado. Yo me fui con una preciosura … Laura, creo. Estaba con una amiga.

Después… no sé más. Cuando volví a mirar, vos ya no estabas.

—¿Con quién me fui?

—Ni idea,yo me fui a bailar.

Agustín cortó y dejó el teléfono sobre la mesa.

Se tocó los labios sentía una sensación extraña.

Se levantó y empezó a ordenar el living casi de manera automática. Juntó la manta, acomodó almohadones, abrió ventanas. Necesitaba borrar cualquier rastro de la noche anterior antes de que su esposa llegara. Antes de que algo delatara que volvió borracho.

A media mañana salió a hacer unas diligencias.

Era contador y consultor financiero , su vida estaba hecha de reuniones y viajaba por el país varias veces al mes. Siempre lo había hecho. Nunca fue un problema.

Siempre creyó que era parte de cumplir. De proveer para su casa.

Volvió cerca del mediodía. Cocinó.

Preparó una lasaña.

Era el plato favorito de su esposa . O al menos lo había sido durante años.

Lo hacía cada vez que ella volvía de un viaje, como una forma cariñosa de decirle estoy acá.

Cuando ella llegó, apenas lo miró.

Le dio un beso rápido en el cachete, sin detenerse.

—¿Por qué tienes esa cara …¿Estuviste tomando? —preguntó Vanessa, dejando el bolso sobre la silla.

Agustín se tensó.

—Un poco. Ayer.

Ella frunció la nariz.

—Me imaginé. Ya te dije que no me gusta el olor a alcohol.

Agustín se olió la ropa,se había bañado.No había nada que lo delatara o quizás si. La tristeza que traía encima hace meses.

No era la primera vez que se emborrachaba ese último mes.

—Sí… pero no es lo que pensás.Yo nunca tomo asi.

—Ajá —respondió ella, seca—. Siempre tenés una excusa.

Agustín respiró hondo. Se acercó.

—Escuchame… intentemos estar bien. Hace quince años que estamos juntos.Tenemos dos hijos. No estábamos tan mal.

No entiendo que nos pasó. Respiró hondo...

Yo… voy a hacer lo imposible por viajar menos. Voy a estar más en casa. Te lo juro.

—Veni Vane…

Ella no respondió de inmediato. Él la agarró de la mano y le corrió la silla y le mostró lo que había hecho para almorzar.

Miró la fuente.

—¿Qué es esto?

—Lasaña. Tu favorita.

Ella le hizo un gesto extraño.

—Antes me gustaba . Ahora ya no como eso. Me cuido. No quiero estar gorda.

Agustín sintió un nudo en el estómago.

—Pero me pasé toda la mañana preparando esto…

—Déjaselo para los chicos —dijo ella, levantándose—. Yo no tengo hambre. Ya almorcé un sándwich.

Subió las escaleras sin mirar atrás. Cerró la puerta y se acostó a dormir.

Agustín quedó solo en la cocina, mirando una fuente caliente que de pronto no significaba nada.

¿Qué estoy haciendo mal?, pensó.

Fue entonces cuando recordó la tarjeta.

La tomó con miedo, como si fuera algo frágil.

—Es una señal —murmuró—. Tiene que serlo.

Se sentó y escribió un mensaje.

“Necesito pedir una hora con usted de manera urgente. No sé cómo llegó esta tarjeta en mi poder, pero si está acá es porque el destino la puso en mi camino. Por favor, ¿podría atenderme?”

No esperó la respuesta. Ya no esperaba nada, en realidad.

El teléfono vibró minutos después.

“Tengo un turno libre hoy a las 16 horas. Si le sirve, puede venir .

Eva Beltrán.”

Agustín apoyó la espalda en la silla y cerró los ojos.

No sabía por qué, pero algo le dijo que esa tarjeta en su mano iba a cambiarlo todo.

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