La atmósfera en la sala de juntas ejecutiva se sentía sumamente opresiva y gélida, como si el oxígeno se hubiera evaporado por completo. En el extremo de la larga mesa de mármol, Deborah Baker permanecía de pie con el cuerpo sacudido por un violento temblor. Su rostro estaba pálido como la muerte, y un sudor frío comenzaba a empaparle la frente y las palmas de las manos, las cuales se frotaba con desesperación sobre las carpetas de unos informes financieros caóticos.
—Disculpe, señor, le promet