En el interior de la silenciosa cabina de primera clase del avión con destino a Nueva York, Mary luchaba desesperadamente por contener la tempestad de emociones que estallaba en su pecho. Bajo la mirada de las sobrecargos y de los demás pasajeros exclusivos, se veía obligada a preservar su máscara de dama distinguida.
Sin embargo, su cuerpo era incapaz de ocultar la realidad. Su pecho subía y bajaba con agitación, buscando bocanadas de oxígeno. Sus hermosos ojos se habían empañado ya, anegados