ASHTON GARDER
La autopista estaba casi vacía, iluminada apenas por las luces naranjas que se deslizaban como estrellas fugaces sobre el capó del auto. Eran las 12:17 de la noche. Todos deberían estar durmiendo. Todos menos yo.
Una mano en el volante, la otra sobre el paquete cuidadosamente envuelto que reposaba en el asiento del copiloto como si fuera de oro. Bueno, para ella lo era. Para nosotros. Porque cuando mi esposa embarazada me dice a las once y cuarenta y cinco de la noche que quiere p