Su dolorosa verdad.
OLIVIA DRAKE
La puerta se cerró tras nosotros con un clic seco. Ethan dejó las llaves sobre la mesa con más fuerza de la necesaria y caminó hacia la cocina sin mirarme. Encendió la cafetera como si necesitara hacer algo para no estallar. Yo me quedé de pie, sintiendo cómo el silencio se instalaba entre nosotros como un muro cada vez más alto.
No podía más.
Desde que nos encontramos con ese hombre —Eydan, su "hermano", como lo llamó burlonamente— Ethan no era el mismo. Su mandíbula seguía apreta